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POLíTICA

6 de agosto de 2020

Máximo Kirchner y los Moyano, aliados en el futuro pospandemia

La Inspección General de Justicia anunció el miércoles que obligará a las sociedades que se inscriban ante ese organismo público a presentar un directorio que contenga igual número de miembros del género masculino y del femenino.

La propia Inspección General de Justicia tiene tres directores. Dos se llaman Luis y el otro se llama Darío. Por encima de ellos, se ubica en el organigrama un único inspector general cuyo nombre es Ricardo. Salvo que alguno de ellos se autoperciba como Lucía, Cristina o Norma, la IGJ consideró que en su caso, no era necesario adaptarse, siquiera simbólicamente, a la norma que estaba imponiendo a la sociedad.

 

Fue solo uno de los episodios de esta semana que muestran que el Gobierno se acostumbró en estos ocho meses de gestión, a funcionar, como mínimo, con dos registros y consistencias diferentes: una fracción del gabinete está dedicada a trabajar en la emergencia cruda de la pandemia y la enormidad de la crisis social y económica que asoma y el resto camina por las cornisas de los proyectos intrascendentes o contradictorios, las charlas banales por zoom y las ideas con anclaje improbable en las preocupaciones de la sociedad.

Esas diferencias en el Gabinete se superponen con otras incongruencias en el Frente de Todos o, mejor dicho, en el Gobierno del Frente de Todos. En ese punto, en los mismos ocho meses que hicieron evidente la fractura mencionada, se consolidaron los distintos grupos en que quedó dividido el Poder Ejecutivo. Allí está el grupo de funcionarios “de Alberto” -los ministros y secretarios que llegaron a sus puestos por el designio exclusivo del Presidente- que conviven con los que responden a Sergio Massa y también con los que consideran como su única jefa política a Cristina Kirchner y los que están enrolados en La Cámpora.

Esos grupos diferenciados conviven y se relacionan, básicamente, en dos instancias: en las conversaciones periódicas que mantienen el Presidente y la Vice -el Frente de Dos- y en los almuerzos que todos los martes se hacen en la Quinta de Olivos, con una mesa integrada por Fernández, Massa, Santiago Cafiero, Eduardo De Pedro y Máximo Kirchner.

Lo más singular de esa construcción es que, de todos esos actores, el Presidente y los funcionarios “albertistas” son los únicos que no tienen una construcción política propia. En contraste, Máximo Kirchner comanda la única organización del peronismo que tiene presencia en todo el país y que funciona de manera vertical y ordenada desde hace años.

El hijo de la vicepresidenta tiene, se sabe, un proyecto político con varias etapas para el futuro próximo y remoto. Así es que hay que entender sus críticas a los Gordos de la CGT, que esta semana revivieron con la respuesta del los gremialistas que reveló Carlos Galván en Clarín.

Pablo Moyano, hijo mayor del jefe camionero y número dos del gremio, con el ministro del Interior Eduardo "Wado" De Pedro, de La Cámpora.© Proporcionado por Clarín Pablo Moyano, hijo mayor del jefe camionero y número dos del gremio, con el ministro del Interior Eduardo "Wado" De Pedro, de La Cámpora.

A la manera del cohete a la luna que proponía Mauricio Macri, Máximo cree que los eternos caciques de la CGT no tienen lugar en el país que viene, y que la aceleración de su decadencia será una de las consecuencias de la pandemia del coronavirus. En esa pelea, Máximo tiene un aliado clave: a su vieja relación con Hugo Yasky, de la CTA, el diputado acaba de sumar como “mejor amigo” a Pablo Moyano. De ese modo se vuelve explicable esa estrafalaria acusación que arrojó el jefe de los diputados oficialistas a los gremialistas, en la que los acusó de reunirse con empresarios, como si una de las tareas esencial de los representantes de los trabajadores no fuera justamente dialogar y negociar con los patrones para conseguir mejores condiciones para sus representados.

Máximo quiere incidir en las medidas del Gobierno para reconstruir la economía luego de la pandemia. Cree que los Moyano manejan una rama, la logística, que será más determinante que nunca. El diputado incluso ensaya un acercamiento a la UATRE, el sindicato de los peones rurales, porque quiere pesar en la cadena agroalimentaria, el sector más dinámico de la economía argentina. Máximo no quiere otra 125.

En La Cámpora no hablan bien de la gestión del Gobierno. Dicen que hay lagunas enormes y que no lograron desarrollar un acercamiento metódico a los problemas del país. Incluso, le endilgan al Presidente la falta de un plan económico y repiten casi en público que hará falta un recambio del Gabinete en los próximos meses.

A pesar de ello, aclaran que no habrá una ruptura ni algo parecido y Máximo, en los almuerzos de Olivos y también en sus reuniones casi diarias con Massa, sigue participando en las medidas. Esta semana, el encuentro de la Quinta Presidencial no se hizo el martes y se pasó para este viernes.

En esa mesa está previsto que se defina cuando llegará la reforma tributaria al Congreso, que incluirá -además de la modificación del IVA a la lecha postergada esta semana y el impuesto a las grandes fortunas- un plan de incentivos fiscales para las empresas que se radiquen fuera de la Capital Federal y el Gran Buenos Aires.

Ese plan encaja muy bien con la nueva normalidad que asomará tras la pandemia, en donde lo recomendable será huir de las concentraciones urbanas abigarradas que favorezcan contagios futuros, pero tiene un problema insalvable: castiga al Conurbano, la fortaleza electoral de Cristina Kirchner y Axel Kicillof. ¿Pasará esa idea por la supervisión implacable de la vicepresidenta?

 

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